sábado, 29 de septiembre de 2012

ECUADOR. Donde el sur y el norte se encuentran.


del 2.09.2012 al 16.09.2012

Llegamos a Ecuador a comienzos de septiembre en una mañana gris y húmeda con calor trópical. Salimos hace ocho horas de Máncora, dejamos atrás el Perú por el paso de Huaquillas y ahora estamos a escasos minutos de llegar a nuestra primera parada en este nuevo país, Guayaquil.

Ser parte de los Kittyle.

En Guayaquil nos espera Cris (la China), que vivió conmigo durante un tiempo en Santiago. Cris estudia ciencias políticas y es la típica ecuatoriana orgullosa de su país, por lo que fue, lo que es y sobretodo por lo que será.
Pero lo más importante de Cris no es sino su gran corazón, su disposición para hacer feliz a la gente y su acogedora bienvenida. Nos recibe con cara de sueño en el terminal de buses, no es para menos son las 7.30 de la mañana de un domingo, al vernos despliega su amplia sonrisa, esa que acompaña a sus característicos ojos rasgados, es una sonrisa cálida de esas que te hacen sentir en casa. Cargamos las mochilas en el "auto" con la misma personalidad humana que la dueña y vamos para su casa.
La familia Kittyle vive en una de las muchas selectas urbanizaciones que se disponen a la otra parte del río Guayas, en Samborondón. Esta zona es una miniciudad en sí misma, de hecho mucha gente no pasa por Guayaquil en días o incluso semanas puesto que aquí, en este lado del río, tienen todo lo que necesitan. A mi parecer viven en jaulas de oro pero es la única manera de estar tranquilos en una ciudad con bastantes problemas de seguridad.
Al ser domingo todos duermen hasta tarde y nosotros pasamos el tiempo hablando en la cocina sobre la situación del país y las curiosidades que encierra. De repente aparece Jessica, la madre de Cris, que nos recibe con la misma calidez que su hija y nos invita a que la acompañemos a desayunar "al lugar de los domingos", allí seguimos con la agradable conversación y disfrutamos de lo divertida y jovial que es esta mamá ecuatoriana.
Después volvemos casa a preparar la comida y aprendemos, entre risas, a cocinar un clásico ecuatoriano, los bolones de maduro. Los bolones de maduro, como su nombre indica son unas bolas realizadas con plátano y rellenas de chicharrón de cerdo y queso. Hay que tener en cuenta que el plátano para ellos es el banano grande y no muy dulce. Lo que nosotros conocemos en España como plátano aquí se le llama guineo. Y ojo, porque el plátano, y no el guineo, puede ser verde, pintón (a medio camino entre verde y maduro) o maduro y según el guiso se utiliza uno u otro.
Se hace la hora de comer y llega el abuelo de la familia, "Papi bello", como ellos le llaman. Un entrañable doctor en leyes, ya jubilado hace años que se deshace en cariños con sus nietos y sus hijas. En cierto modo me recuerda a mi abuelo, con su aspecto apuesto, conversación animada y jovial y su humor socarrón, pero sobretodo por lo que significa en la familia. Brindamos con un licor ecuatoriano (muy parecido a la mistela) y nos da la bienvenida a su familia. Y es que en realidad el tiempo que estuvimos con los Kittyle fuimos uno más.

Guayaquil. Colorida y acogedora.

Tras la comida llegan las tías a tomar café y jugar a las cartas. Nosotros nos vamos para la ciudad.

Guayaquil se encuentra al sur de Ecuador, a las orillas del río Guayas. Tiene una población de 2 millones de habitantes que se esparcen entre los diferentes cantones.
Nos dirijimos al cerro Santa Ana en el barrio de Las Peñas, como su nombre indica se trata de una loma por donde trepan pintorescas casas de colores coronadas por una ermita y un faro que alumbra las noches guayaquileñas. Es aquí donde entre escaleras, faroles de forja, fachadas de colores y vegetación tropical encontramos a Estef y Priscila, amigas de China, realmente muy simpáticas y con las que pasamos buenísimos momentos durante nuestro paso por Guayaquil.

Guayaquil sorprende, se trata de una ciudad comprometida con promover la cultura y gracias a ello disfrutamos de una tarde de cuentos, de un concierto de jazz y de la presentación de la película ecuatoriana El Pescador. Sorprende también el Parque de las iguanas, en donde decenas de estos ejemplares campan a sus anchas entre las palomas y las personas que se acercan a descansar bajo la sombra de los árboles. Si te acercas a las orillas del río justo bajo el cerro Santa Ana encontrarás casas coloniales de entre los siglos XVIII y XIX, cada una de un color con sus molduras y contraventanas blancas en ellas se encuentran galerías de arte, restaurantes, bares y hoteles-boutique con vistas pausadas. En alguna ventana se aprecian arremolinados en un perchero los típicos sombreros Montecristi, confundidos erróneamente con los famosos Panamá.
El color de este barrio bohemio se puede palpar en cada esquina. Aguas abajo encontramos el afamado Malecón 2000, proyecto urbanístico que dio un giro de 180º a la fisonomía y forma de entender la ciudad. Se trata de un paseo que recorre las orillas del Guayas que comienza en un centro cultural a lo Maremagnum barcelonés. Si recorres el paseo de principio a fin, además de disfrutar de la agradable vista del río y su brisa húmeda y fresca podrás observar por tu derecha como la ciudad de Guayaquil discurre con sus preciosos edificios neoclásicos en perfecto estado de conservación y adornados con altas palmeras, para una calle más allá mostrarte el ajetreo de una calle con edificios y rascacielos de los 60 al más puro estilo neoyorkino, para un poquito más adelante toparte con la vida cotidiana más popular del lugar.

Montañita. Entre surfer y hortera.

Tras unos días en Guayaquil vamos en busca de unos días de playa en Montañita. Esta población en su principio de tradición marinera, se ha convertido en uno de los destinos top para los jóvenes no sólo en Ecuador sino también en todo Sudamérica, de ahí la gran presencia sobretodo de argentinos.
Ahora se trata de un pueblo de cabañas de aire tropical, donde las cañas de bambú, la madera y los techos de hoja de palma son la regla general.

Todas las calles son una invitación a emborracharte o a baliar, es una especie de Ibiza pero con ambiente surfero. Este ambiente no es casualidad, la ola de derechas que rompe en su costa es de las mejores olas de la zona y por ello está repleto de surfers de todas las nacionalidades, y yo soy uno más de ellos.

Pasamos 4 días en un camping cercano a la playa, compartimos experiencias con todos los viajeros errantes que encontramos en este lugar, la mayoría vendedores de artesanía y de estilo de vida hippie. Los días transcurren entre mañanas de sol y surf aderezadas con batidos de guineo y ceviches de marisco, y tardes de mojitos en la calle de los cócteles que terminaban siempre en borrachera y discoteca playera.

Mal surf para ser sinceros, ya que las olas no están del todo bien pero que me permiten dar clases a Ricardo y además probar diferentes tipos de tablas, en todo caso siempre es genial estar surfeando en el Pacífico en bañador y que lo único que te preocupe es que el viento on-shore hoy se despierte un poco más tarde.

Parque Nacional Machalillas. Playa de Los Frailes.

Nuestro último día en la costa ecuatoriana lo pasamos con Cris y Dome que vienen a recogernos desde Guayaquil a Montañita para llevarnos a una playa virgen un poquito más al norte de Puerto López.
Hace una mañana de domingo animada en Montañita, todo el mundo sale a desayunar ceviche en los puestos de la calle porque se supone es lo mejor para el chuchaqui (la resaca), así que a ello vamos para retomar fuerzas y dirigirnos al destino de hoy.
A media mañana, con un día nublado aunque de calor aplastante ponemos rumbo al norte en Brian, el coche de Cris. La carretera transcurre entre aldeas de pescadores, bahías y tramos de densa selva verde con valles frondosos que acaban en playas solitarias, pasamos por poblaciones más importantes y turísticas como Puerto López y el paisaje se convierte en un bosque trópical seco, curioso es como cambia la estampa en pocos kilómetros.

La Playa de Los Frailes es una playa de arena blanca de aguas esmeraldas donde la vegetación llega casi a la orilla. No es la típica playa tropical de postal, no hay palmeras ni hace sol pero la bahía de media luna invita al relax y la reflexión.  Paseando en solitario llego a las calitas aledañas donde me siento a observar el vuelo silencioso de los pelícanos e intento ubicarme como un puntito en el mapa del mundo para luego sentirme diminuto ante la inmensidad del océano y el planeta Tierra. Me siento muy lejos de casa y de los míos pero me recorre un escalofrío al darme cuenta de lo afortunado que soy. Deshago el camino recogiendo el coral que llega a la orilla desde el arrecife sumergido unos metros más allá, pensando a quién le regalaré cada trocito a mi vuelta a casa.
La noche nos alcanza a la entrada de Guayaquil mientras cantamos bachata y merengue.

Baños. La aventurera.
Nos cuesta abandonar la comodidad del hogar de los Kittyle, pero debemos seguir con nuestra aventura si queremos cumplir plazos. Es hora de despedirse de una familia que llevaremos siempre en el corazón, suena a tópico y cursi, pero recibimos de ellos un trato familiar que difícilmente imaginábamos cuando cruzamos la frontera y que hace que nuestra estancia en el sur de Ecuador sea inolvidable.
El bus sale a Baños a medianoche y nos esperan unas 8 horas de viaje trepando la cordillera andina. De repente a eso de las tres de la madrugada el bus parece que tiene problemas y acaba dejándonos tirados en una curva en medio de ninguna parte, bajo una noche sin luna. El chófer y el auxiliar intentan arreglarlo sin éxito con el consejo del resto del bus que parece que tengan un máster en mecánica y lo único que hacen es divagar sobre algo que no tiene solución si no es pasando por un taller. Finalmente la solución es abordar los buses que pasan en dirección a nuestro destino. Indignados, aceptamos con resignación el viajar tirados en el pasillo de un bus que va hasta Ambato. Llegamos a Ambato a eso de las 8 y tenemos que coger otro bus aquí hasta nuestro destino final que tarda una hora más.
Baños se encuentra a 1800m de altitud en alguna parte de la sierra ecuatoriana, en las faldas del volcán activo Tungurahua de 5016m, el cuál hizo erupción por última vez en 2006 dejando centenares de damnificados.
La población está aislada, como si de una isla se tratase, por el río Pastaza, afluente del Amazonas y sólo está conectada con el resto del mundo por una serie de puentes que salvan la garganta del río. El emplazamiento es espectacular y aunque remoto no impide que el pueblo bulla con el turismo que llega en busca de naturaleza y deportes de aventura como el rafting, la escalada, el canopy o el parapente. Sin embargo, nuestro presupuesto sólo nos permite disfrutar de la belleza paisajística del lugar. Montañas escarpadas y valles estrechos, volcanes e infinidad de cascadas. Vegetación abundante y verde que recuerda en cierto modo al norte español es lo que ofrece este enclave idílico.

La casa abierta y multicultural de Juanka.
Siguiendo las indicaciones de Isa, una gaditana que lo dejó todo en España hace tres años para viajar por el mundo y que conocimos vendiendo artesanía en Máncora (Perú), encontramos una casa blanca de dos plantas de tejado a dos aguas. El piso de arriba con blaustrada de madera oscura y una hamaca que pendula suavemente con la brisa fresca de los Andes.
Llamamos al telefonillo entre curiosos y tímidos. Nos abre la puerta una chica australiana de cuyo nombre no me acuerdo que nos mira con cara de "sé a lo que venis". Preguntamos por Juanka y tratamos de explicar el porqué de nuestra visita. Ella actúa como si en realidad nos estuviese esperando y dice que podemos volver con nuestras cosas más tarde para instalarnos.
Cuando cae la noche volvemos a la casa con las cosas que habíamos dejado en una agencia de turismo mientras hacíamos un tour por las cascadas de la zona. Al entrar nos recibe Juanka, grandote de pelo largo y cara redonda, con expresión bonachona y acogedora lo único que dice es " tengo a diez surfers más (por couchsurfing), así que instalaros por donde podáis y bienvenidos a casa". Es cierto, en el interior hay muchísima gente de diferentes nacionalidades todos de paso, todos distintos pero con un punto en común las ganas de conocer el mundo y la gente, las ganas de vivir una vida intensa.

La puerta del Amazonas.
Una de la cosas pendientes que teníamos en el viaje era conocer la selva del Amazonas o por lo menos acercarnos. Un viaje por Sudamérica donde la selva amazónica está presente en casi la totalidad del continente y no pasar por ella no tenía mucho sentido. Así que, es aquí en Ecuador donde nos adentramos en la masa verde de la selva más grande del mundo.
Salimos pronto de Baños en dirección al oriente, conforme vamos dejando atrás la altitud y los angostos valles andinos se convierten en una extensa llanura verde hasta donde alcanza la vista el calor aumenta y la humedad se vuelve difícil de sobrellevar.
La primera parada la hacemos para visitar una reserva de monos, aquí conocemos a los capuchinos y lanudos y jugueteo con el curioso y pícaro mono payaso que se sube y se baja de mis hombros y cabeza como si yo fuese un árbol más.
Después de la simpática visita continuamos hacia el interior de la selva donde la carretera serpentea entre una vegetación que cada vez se hace más densa y donde intento adivinar que clase de plantas estoy viendo, sólo reconozco plataneras, algunas especies de palmeras, bungavillas e ibiscos lo demás son árboles, flores y plantas completamente desconocidas para mí. Posiblemente sea el paisaje más exótico que haya visto nunca.
Entre curva y curva llegamos a un poblado indígena Kichwa a las orillas del río Puyo, el asentamiento son unas cuantas casas circulares de madera y techo de palma donde conocemos las tradiciones y costumbres de la tribu. Probamos la chicha, una bebida hecha a partir de fermentar yuca y que para ellos es su cerveza. Disparamos con cerbatana y nos pintamos la cara con achote, un fruto del cuál sacan una tinta roja. Conocemos los remedios naturales y las propiedades purificadoras de las plantas como la uña de gato o la sangre de drago. La guinda de la experiencia es "navegar" río abajo en las estrechas canoas indígenas y dejarnos llevar por los sonidos y los colores de la selva. Observar a los martines pescadores y a los colibríes pasar a escasos metros de nosotros ajenos a nuestra presencia.
Llegamos a comer a una cabaña perdida en medio de la selva, a las orillas de un riachuelo donde nos refrescamos, el lugar es idílico. Tras la comida andamos por la espesa selva en busca de una catarata escondida entre la maleza, el lugar es increible y caigo en la cuenta de que estamos en medio de la nada, a donde miro solo veo árboles enormes que compiten por conseguir los rayos del sol. Imagino que para ellos debe ser la misma sensación que estar en medio de Manhattan en hora punta, como si luchasen por conseguir su espacio vital en esta megaselva superpoblada por millones de especies.
La tormenta tropical estalla en miles de gotas que caen con fuerza, nosotros corremos por la selva empapados disfrutando de un momento de tremenda libertad donde el ruido del agua ensordece y el olor a lluvia recién caída despierta los sentidos.

Quito. La perla andina.
Conseguimos llegar a la capital ecuatoriana gratis después de poner una reclamación a la empresa de buses por lo ocurrido en el trayecto Guayaquil-Baños, así que ahorramos algo de dinero.
El trayecto se hace ameno, durante tres horas y media atravesamos los paisajes ecuatorianos. Sierras verdes, con vacas y caballos pastando en sus laderas y praderas. Bonitas casas de campo salpican las montañas. Similar al norte de España, pero con una excepción, los enormes volcanes que se pueden observar como telón de fondo. El más imponente el Cotopaxi de 5897m con su cumbre nevada que contrasta con sus faldas marrón chocolate.
Quito, fundada por Sebastián de Benalcázar en 1534, se sitúa en un precioso valle andino rodeado por cumbres nevadas de volcanes y bosques de ecualipto.
Es una ciudad que ha crecido de manera longitudinal y que con tan sólo millón y medio de habitantes tiene una extensión de aproximadamente 50km de norte a sur. El clima es templado, soleado, de noches frías y muy ventoso. Reposa a 2800m de altitud y quizás por eso tiene una luz mágica que lo baña todo de optimismo.
Visitamos la Mitad del Mundo, un pueblo situado al norte de Quito que ha sabido aprovechar su situación geográfica para atraer turismo. No hay más que un monolito y la línea del Ecuador, está bien, no es más que eso, pero para nosotros, y sobre todo para mí, cruzar al hemisferio norte tiene un significado mayor que para cualquiera de los que allí apretan los botones de sus cámaras.
Como conquistadores, con algo de emoción y el pecho hinchado cruzamos la delgadita línea que separa el Sur del Norte y ya me siento un poco más cerca de casa aunque el cruce oficial sea dentro de unos días cuando partamos hacia Colombia y dejemos definitivamente el sur atrás.
De vuelta a Quito quedamos con nuestro anfitrión, Mauricio Reinoso, ex compañero de colegio de Ricardo. Llevan 8 años sin verse y en el bus que nos lleva a su casa se ponen al día, es cuando me entero que Mauricio estudió Literatura y se lo dejó por su pasión, el arte marcial Bujinkan, del cuál es maestro. También trabaja como Comunity Manager en una empresa de comunicación.
Su casa en la zona "aniñada" (pija) es muy grande, agradable y bien decorada donde nos instalamos para pasar tres días descubriendo las distintas caras de esta ciudad.
Podemos decir que en realidad hay dos ciudades, la nueva Quito y la vieja Quito o como yo la llamo la Quito colonial.
En la parte nueva encontramos una ciudad por lo general bien organizada, con edificios nuevos, muchos de apariencia cara rodeados por jardínes. Las urbanizaciones y bloques de apartamentos trepan hacía las laderas encontrándose con los bosques. Hay centros comerciales y todos los servicios de una gran ciudad. Es en esta parte de la ciudad donde visitamos la casa-museo del conocido como "Pintor de Iberoamérica", Guayasamín. Su historia y su obra que plasma la injusticia social y refleja a su querida latinoamérica, sus culturas y sus señas de identidad, como el mestizaje, me fascinan. Disfrutamos también con la "Capilla del hombre" donde Guayasamín nos invita a reflexionar sobre la humanidad a través de sus murales y obras más destacadas. Último proyecto que el artista no pudo contemplar acabado antes de morir en 1999.
La Quito colonial enamora, pasear por sus empinadas calles con casas coloniales de diferentes colores de las cuales se asoman balcones con geranios y faroles de forja y ver como la vida transcurre detenida entre el pasado y el presente es una experiencia única.
El ambiente es festivo, la gente disfruta en familia de un día soleado y nítido. Hay vendedores ambulantes, puestos callejeros de comida típica y librerías interesantes con libros cubiertos por una densa capa de polvo.
Llegamos a la Plaza Grande, inmaculadamente blanca, inmaculadamente bonita y centro neurálgico de esta zona de la ciudad. Al lado izquierdo, la Catedral blanca y con cúpulas verdes de estilo morisco. Al frente el Palacio de Gobierno, también blanco, colonial con un porche de columnas de piedra y coronado con un reloj que parece detenido en el tiempo. A la derecha el Palacio Arzobispal de estilo colonial también y convertido en un centro comercial con pequeñas tiendas y cafés selectos.
A partir de aquí, cada esquina esconde una iglesia a cada cuál más espectacular y visitamos tantas como se interponen en nuestro camino. Aunque todas tienen algo, me quedo perplejo con la que, posiblemente sea la iglesia más bonita que he visto nunca, la de La Compañía de Jesús.
Ya su pórtico de piedra de estilo barroco impresiona pero es cuando te adentras en el mundo de pan de oro que encierran sus muros cuando enmudeces. Se trata de una verdadera joya del arte religioso. Es como si el retablo cubriera todas las paredes y techos y el detalle de cada rincón hace que no sepas cuando salir.
El templo jesuita que data del 1605 es en mi opinión una de las mayores expresiones del Barroco y merece ser visitada al menos una vez en la vida.
Después de tanto arte religioso y callejeo colonial el hambre pide un poco de atención así que nos vamos al Mercado a comer hornada, que es cerdo al horno con alguna salsa que no alcanzo a distinguir, y para pasarlo un refrescante y dulce jugo de coco.
Para finalizar el día en el barrio colonial, que fue nombrado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978 subimos al Panecillo. El Panecillo es una colina coronada por una Virgen Alada construida con 7000 piezas de aluminio.
Desde aquí, con una vista panorámica de la ciudad rodeada por  los volcanes y a los pies del famoso Pichincha, con la luz de media tarde bañando el valle de San Francisco de Quito decimos adiós a la capital ecuatoriana y por ende sellamos el recorrido por el país donde el sur y el norte se encuentran. Mañana estaremos rumbo a Colombia.





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